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abril 25, 2005

El fruto permitido

No hay fruta más macanuda que la banana. No me refiero a su sabor, exquisito, a mi entender, pero tal vez desagradable para otros. Hago alusión a sus características, todas ellas fantásticas. Analicemos primero su cáscara: completamente impermeable, extraordinariamente resistente, pero al mismo tiempo fácil de abrir. Una vez desechada la cáscara, la banana estará completamente limpia, lista para ser devorada por el consumidor. Luego tenemos su consistencia: firme y robusta, pero a la vez blanda a la hora de hincarle los dientes. Nadie saldrá dañado por morder una banana. He sometido bananas a prueba. Sumergí una en leche caliente y luego la engullí. La banana conservaba perfectamente su temperatura normal, demostrando la infranqueabilidad termodinámica de sus componentes. En otra ocasión congelé una banana y la comí. No perdió ni su sabor ni su consistencia. Pero claro, no todo es perfecto en este mundo. La banana también tiene un punto débil, un talón de aquiles. Me refiero a su archienemigo, su némesis, su kriptonita: la bolsa de plástico. Bastan un par de horas dentro de una de estas bolsas, para que la banana más fresca se transforme en un decrépito remedo de lo que fuera, perdiendo así todas sus propiedades. Así, quien quiera solidarizar con la banana tendrá una razón más para preferir las bolsas de papel.

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