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junio 23, 2005

Reality Show



Allí está Mercedes. Y otras 15 millones de personas, dirán ustedes. Pero quiero que se concentren en Mercedes. Se dirige a Grand Central para abordar el metro que la llevará a su casa, en Queens, junto a Enrique. También podemos ver su casa, pero no a Enrique, pues lo tapa el techo. El techo y el segundo piso, para ser precisos, pues él está en la cocina que queda en la planta baja, preparándose un bocadillo. Pero sigamos con Mercedes. Son poco más de las 5 de la tarde y ya ha terminado su turno en el restaurant Corsage. Después de recoger el último número de la Village Voice, que le servirá para amenizar el viaje, cruzó la calle 39, siguió durante dos cuadras por la Quinta Avenida y ahora está nada más que a pasos de la estación. En unos segundos se topará con Michael. A él lo podemos ver caminando por la calle 42, en dirección oeste, a mitad de cuadra entre Lexington y la Quinta. Su encuentro es inevitable. Desde acá arriba, nada parece una coincidencia. Se veía venir, esto de Mercedes y Michael.

Michael no transita frecuentemente por esta zona, al menos no a esta hora. Vive y trabaja en New Jersey, y sólo cruza el Hudson para visitar a su madre, que vive y trabaja en Brooklyn. Allí está ella, casualmente, entrando a una tienda para comprar leche, que se le acabó ayer, pero sólo se acordó hoy, cuando su gato la recibió en casa con rezongos. Michael vivió con su madre hasta hace unos años, pero se mudó cuando recibió una inmejorable oferta de trabajo para manejar un agencia de publicidad en Jersey City. Hoy tuvo que movilizarse a Manhattan para una reunión con un cliente que resultó ser intrascendente. En este instante acaba de salir de la reunión y se dirige al parque de Madison Square; aprovechando el clima primaveral había planedo tomarse la tarde libre para dar un paseo. Allí viene, a paso lento, con la corbata en el bolsillo.

Hace más o menos un semestre, Mercedes y Michael se conocieron en el cumpleaños de Liz. Liz es la pelirroja que está trotando en el Central Park, allí, justo a la altura de la fuente Bethesda. Liz es compañera de trabajo de Mercedes, y, si bien no son grandes amigas, aquel día de su cumpleaños la invitó sorpresivamente al salir del trabajo. Mercedes aceptó. Le hacía falta tener más vida social. Se fueron juntas al departamento de Liz, en el Upper West Side (es el inconfundible edificio que en la azotea tiene un invernadero de techo púrpura). En casa de Liz la esperaban sus amigos, ya reunidos desde hace un par de horas; ese día, la jornada de trabajo se había extendido hasta tarde. Michael es el hermano de Liz, y eso explicaba su presencia en la celebración. Como dos outsiders, pues eran los únicos que no conocían a nadie más aparte de la festejada, conversaron animadamente -Mercedes y Michael- y descubrieron que el signo de uno de ellos era el ascendente del signo del otro, que ambos gustaban de la canela, pero no así del gengibre, y que habían estado aproximadamente en la misma fecha en la misma playa en México hace dos años. Gracias al poder liberador del vodka -con jugo de arándano, para ella, y con una bebida, para él- se acariciaron y dejaron de conversar. Él la tomó de la mano y la condujo a un rincón más íntimo. Y ella se dejó llevar. Pero pronto reapareció en ella el pudor, se imaginó a Enrique, durmiendo ya inocentemente en casa, y decidió, intempestivamente, que era hora de pedir un taxi y marcharse.

Michael le pidió a Liz que la contactara con Mercedes, y Mercedes le pidió a Liz que lo desanimara. Él la fue a esperar una vez a la salida del trabajo, pero ella le explicó que era casada y que por favor no insistiera. Sorprendido -ni siquiera en el Corsage sabían de Enrique-, Michael acató la orden con dignidad, aunque no se había quedado conforme. A decir verdad, Mercedes también había sentido algo similar, y le afectaba saber que muy probablemente era porque cada vez estaba más alejada de Enrique. Ambos se habían venido desde Buenos Aires para llevar una nueva vida, y esa nueva vida había establecido grandes diferencias entre ambos, diferencias que allá, en Argentina, no existían. Ella hablaba inglés y él aún no aprendía. Ella trabajaba de anfitriona de un exclusivo restaurant de Manhattan y él era un obrero más a ocho dólares la hora. Ella tenía aspiraciones de llegar a trabajar de diseñadora y él parecía conforme con su estilo de vida. El abismo era insalvable.

Michael desistió con Mercedes, pero sabía que no había sido rechazado. A pesar de que la conocía de una sola noche, seguía teniendo la misma linda sensación de ella. Y allí va él, entre otros tantos Michaels, a encontrarse, sin saberlo, con Mercedes.

Mercedes llegó a pensar en llamar a Michael, pero siempre recapacitó oportunamente. A pesar de que lo conocía de una sola noche, seguía teniendo la misma linda sensación de él. Y allí va ella, entre otras tantas Mercedes, a encontrarse, sin saberlo, con Michael.

Esta tarde -estaba escrito- se encontrarían. Es cosa de seguir las trayectorias. Allí están, a menos de 100 metros de distancia. En unos segundos se verán, no podrán evadir las miradas, no podrán evitar sonreir. Él tiene el día entero para invitarla a tomar algo. Y ella no lo va a rechazar, no esta vez, será sólo un café. Pero una cosa llevará a la otra.

Y Enrique estará viendo un partido de básquet.

Eso es lo único aburrido de tener tanta perspectiva: todo termina siendo demasiado predecible.

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