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junio 12, 2005

El pequeño gran acto de cruzar una calle a mitad de cuadra (manual pedestre para daneses hispanoparlantes)

Si Ud. es danés, esto es, si Ud. ha nacido o ha adquirido por algún otro medio la nacionalidad del reino de Dinamarca, entonces encontrará de utilidad el siguiente ensayo, claro está, si es que es Ud. capaz de leer estas líneas, que están en castellano y no en su lengua vernácula. El ensayo en cuestión se aboca a un tema que seguramente dará que hablar, pues de algún modo lo incita a Ud. a llevar a cabo un acto ilícito (convirtiéndolo con ello en un delincuente). Debo aclarar, desde ya, que dicha acción -siempre que sea bien ejecutada- no debería perjudicar a nadie; solamente persigue ahorrar valioso tiempo en la vida del casual delincuente, que es como tendré el perfecto derecho a referirme a Ud., señor danés hispanoparlante, si es que llega a incurrir en el delito aquí descrito. Y el acto que hasta el momento no he mencionado, pero que de algún modo está enunciado en el título, es el de cruzar una calle a mitad de cuadra, aunque las indicaciones que aquí se entregan también son válidas para cruzar una calle a comienzo de cuadra, pero con luz roja, y -ahora que lo pienso bien-, inclusive son válidas para cruzar la misma calle a comienzo de cuadra, sobre un cruce reglamentado, e incluso con luz verde, por lo cual un título más adecuado habría sido el de "El pequeño gran acto de cruzar una calle por el lugar que uno estime conveniente". Sin más preámbulos, daré inicio en el próximo párrafo a la tarea explicativa que me he propuesto.

Comenzaré por desterrar un mito urbano: para cruzar una calle no es estrictamente necesario, tal como parece ser la creencia popular en Dinamarca, el disponer del visto bueno de la autoridad, en cualquiera de sus dos formas, esto es, ya sea a través de la venia de un miembro de la policía local o con su sustituto electrónico, la consabida luz verde, que en el caso de los peatones es frecuentemente reducida mediante un ingenioso sistema de sombras chinescas a una luz verde con forma de hombrecillo con las piernas desplegadas, lo que si bien es visualmente muy atractivo y hasta artísticamente valorable, no indica nada concreto, pues el mencionado homúnculo podría estar perfectamente inmóvil en aquella postura, por ejemplo, realizando un ejercicio de yoga. Por el contrario, pues, tal y como dicta la experiencia de millones de latinoamericanos, el único requisito para cruzar una calle es la existencia de dicha calle, y aunque allá en Dinamarca podrá existir algún interés por conocer las implicancias metafísicas de cruzar una calle que no existe, la complejidad de dicho problema escapa al alcance de este estudio, que es de naturaleza eminentemente empírica.

Una vez confrontado a la calle, es menester concebir una idea un tanto alocada: para cruzarla habrá que -voluntariamente- autoexiliarse de la seguridad provista por la zona de la vereda, para aventurarse en el ciertamente más riesgoso ámbito de la calzada. Para evitar las gravísimas consecuencias que esto pudiese acarrear, y que de seguro han sido transmitidas ya a Ud. en innumerables jornadas de educación cívica a la danesa, es muy importante tomar en consideración un pequeño detalle, y es el de que hay que intentar que mientras Ud. se encuentre en el terreno de la calzada, en ningún momento coincidan en el mismo lugar Ud. y otro vehículo, pues es muy probable que sea el otro vehículo el que se arrogue con violencia la potestad de estar en aquel sitio y lo envíe a Ud. a un par de metros de distancia con severas magulladuras en su corporalidad. Pero no deje que esta eventualidad lo desanime, pues, como ya ha sido señalado, bastará que usted evite esta clase de conflicto, para lo cual el mejor de los casos es el que detallaré a continuación, cual es, el de la calzada de una calle por la cual no transita ninguna clase de vehículos.

En una calle desprovista temporalmente de tránsito -el caso ideal- bastará que Ud. visualice un paso peatonal imaginario por dónde mejor le plazca y luego lo utilice tal como lo haría con un cruce no imaginario. Si su habilidad motriz funciona con normalidad y el paso escogido no es eternamente paralelo a la calzada, descubrirá con agrado que llegará al lado opuesto en menor tiempo del que le habría tomado encontrar un cruce permitido y abordarlo. Habrá quien querrá desvalorizar este planteamiento en vista de que el caso ideal es poco común en el contexto de una gran ciudad, y vaya qué grandes pueden llegar a ser las ciudades en Dinamarca. Ante ello deberé decir que una crítica similar no ha disuadido a los economistas de desarrollar toda una ciencia basándose en un ingenuo caso ideal, como es el de los productos A y B, transados en un mercado de perfecto conocimiento de la oferta y la demanda. No obstante, anticipando ya una crítica tal, abordaré el caso genérico, con lo cual no sólo aplacaré las embestidas de mis posibles críticos, sino que además catapultaré a la ciencia del estudio de cómo cruzar calles, que bautizaré como Viatraviesología, un escalón de seriedad por sobre la ciencia económica.

El caso genérico de cómo cruzar una calle es ciertamente más complejo, y consiste en la eventualidad en la cual uno o más vehículos recorren la tan mentada calle. El truco, aquí, consiste en ir proyectando aquel paso peatonal imaginario poco a poco, en la medida de lo posible, manteniendo la calma ante el paso de los vehículos. Para ello habrá que dividir el cruce en tantas partes como vías constituyan la calle, con lo cual Ud. podrá abocarse a la tarea abordando cada tramo de manera independiente, gracias al margen de holgura existente entre cada vía que le permitirá, a menos que tenga Ud. un mayúsculo problema de obesidad, descansar antes de abordar el siguiente trecho. Por ende, el problema genérico queda reducido a cómo atravesar uno de estos tramos, y ello sólo exige que se produzca un vacío momentáneo entre dos automóviles, un vacío tal que Ud. pueda proyectar la posibilidad de cruzarlo sin ser embestido por el siguiente vehículo. Si no se produce aquel claro, no se preocupe, pues en algún momento acontecerá. Con la práctica descubrirá que cualquier espacio entre dos coches en marcha le será suficiente a un peatón avezado, sin que éste tenga que ser necesariamente un plusmarquista del hectómetro. Repitiendo de este modo esta dinámica, no sólo conseguirá atravesar cualquier calzada, sino que mejorará su estado físico y agregará más de una situación límite a su vida, asunto nada de despreciable, pues sólo falta que un estudio lo indique para revelar que dichos momentos adrenalínicos tienen un efecto antidepresivo sobre quienes los experimentan. Pero basta ya de especulaciones, y a recorrer las calles de Kobenhaven.

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