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mayo 27, 2005

Explicación y desexplicación de una bicicleta

La bicicleta es un vehículo de autopropulsión para un tripulante único (aunque han existido innumerables intentos por desarrollar modelos para más pasajeros, sin ninguna clase de éxito), cuyas ventajas comparativas con cualquier otra clase de vehículo -especialmente con los motorizados- son tan evidentes (entre otras: es más barata, posee mayor maniobrabilidad, presenta menor riesgo para el tercero y proporciona un buen estado físico), que resulta increíble para el ciclista avezado (ciclista es el nombre que se le da al conductor de la bicicleta) la popularidad de la cual goza, por ejemplo, el automóvil.

La bicicleta comienza por las ruedas, que son dos, lo que explica el prefijo "bi" que antecede a la raiz "cicleta", derivada de "ciclo", que hace alusión a la cíclica naturaleza, justamente, de una rueda.

Un elemento esencial en la constitución del vehículo en cuestión, y que salta inmediatamente a la vista, es el asiento o sillín, que sirve para la noble función de soportar las asentaderas del ocasional conductor y, a juzgar por las preferencias de la mayoría de los fabricantes, debe tener una forma y consistencia tal que cause en el "asentado" una leve (aunque a veces no tan leve) molestia ósea trasera después de un par de horas de conducción, tal vez a modo de advertencia de las nefastas consecuencias articulatorias (especialmente en las rodillas) que tendría el abuso del andar en bicicleta, aunque esta afirmación nunca haya sido respaldada por un estudio serio, sin contar, claro está, el estudio de Thomas Hodgkinson de 1976 en la Universidad de Princeton, que -la verdad sea dicha- no guarda ninguna relación con las bicicletas, sino con las consecuencias que provoca en los infantes el consumo excesivo de gluten.

Otra parte muy llamativa de la bicicleta es el manubrio, pieza simétrica de diversas formas y tamaños, pero de ubicación invariable: al frente del vehículo. Si el conductor se aferra a ambos extremos del volante, logrará mantener el equilibrio con más facilidad que si no lo hiciera, aunque esta última opción -si bien es un tanto riesgosa y definitivamente no aconsejable en caso de estar mal alineadas las ruedas (a las cuales se hizo referencia al comienzo)- da pábulo para ejecutar un estiramiento completo de la espalda, ejercicio muy bienvenido después de horas de conducción ininterrumpida. Sin embargo existe una segunda función del manubrio que resulta más fundamental aún que la recién expuesta: combinando una torción del volante con un leve desbalanceo del cuerpo, el tripulante conseguirá hacer girar completamente el vehículo, maniobra que parece difícil, pero que se realiza en forma natural e instintiva después de un poco de práctica. Ahora resulta evidente, pues, la relevancia de esta segunda función, ya que sin ella la bicicleta se vería confinada a una conducción unidireccional y no podría reemplazar casi completamente la funcionalidad de otros vehículos.

Después de haber estudiado las ruedas, el asiento y el manubrio, el elemento de la bicicleta que no se puede obviar es el marco, cuerpo central metálico o de madera que soporta a todos los demás (incluidas las ruedas, el asiento y el manubrio). El marco puede ser de distintas formas y tamaños (como el manubrio), pero el modelo clásico es aquél constituido por dos triángulos equiláteros que comparten una de sus aristas (lo que también puede ser descrito como un rombo con una transversal en la diagonal menor), las cuales tienen una dimensión levemente menor al diámetro de las ruedas. Del vértice no compartido de uno de los triángulos emerge el manubrio, mientras el otro sirve de eje para la rueda trasera. La rueda delantera va empotrada al final de la prolongación natural del manubrio después de atravesar el marco, pieza también conocida como la horquilla. El asiento se adosa a uno de los vértices compartidos y del otro surge otro eje, análogo al de la rueda trasera, pero que da sustento a los pedales, elementos que serán abordados más adelante. Se acostumbra orientar el marco de modo que los pedales queden abajo y el asiento arriba, única posibilidad que permite al diseño cumplir su objetivo, cual es el de transportar a su conductor, aunque no es tan extraño encontrar bicicletas en otra postura, como la supina, la cual es ideal para recomponerla en caso de averío.

Los pedales son las piezas que proveen la mayor asimetría a la bicicleta, lo que los hace de fácil identificación. Se trata de dos manivelas contrapuestas, esto es, una a cada lado del marco y desfasadas en media circunferencia, que, al ser pisadas alternadamente y con fuerza por el ciclista, hacen girar al eje que las sustenta, efecto que sería absolutamente inconducente de no estar complementado por la presencia de un platillo, al lado derecho del eje y en perfecta sincronía con él, y una cadena perfectamente engranada a los dientes del platillo, aunque con cierta holgura, con el fin de replicar el giro en otro platillo de similares características, pero ubicado en el otro extremo de la cadena, que de este modo logra estar tensa. Lo interesante es que el segundo platillo forma casualmente parte del eje de la rueda trasera, lo que explica, al fin, la razón de tan complejo mecanismo, pues gracias a él es posible transformar el movimiento de las piernas en el giro de una de las ruedas del vehículo, que es todo lo que se necesita para ponerlo en movimiento pues, aunque cueste creerlo, la otra rueda la seguirá.

Aunque algunos elementos anexos -frenos, bocina, canastillos...- han sido dejados de lado, ha sido descrita aquí la esencia de la bicicleta, con lo cual cualquiera podrá reconocer que se trata de aquella cuando se vea enfrentado a una. Si esto llegase a ocurrir es importante contemplar lo siguiente: conseguir la maestría en la conducción de la bicicleta no es en absoluto difícil, aunque los primeros intentos del ciclista advenedizo siempre parecerán ridículos. La recomendación es no dejarse disuadir por la tarea aparentemente inalcanzable. Al fin y al cabo lo único que se necesita son dos piernas y un poco de equilibrio.

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