Habemus Medina
El cardenal medina Medina decidió ir a dar una vuelta en motoneta por Roma. Llegando a la Fontana di Trevi divisó a una sensual muchacha que se abanicaba con una revista. Monseñor Medina se acercó galante y la invitó a tomar un refresco. Ella sonrió, subió a la Lambretta y se aferró al monseñor como pudo.
Medina sentía el viento en su cara y a la chica en su espalda. Recordó sus años en el instituto, sus amigos de adolescencia y por supuesto a Isabel. De pronto creyó encontrarse en Curicó, 60 años atrás, a bordo de su Vespa, con Isabel abrazándolo firme. El recuerdo se desvaneció tan rápido como surgió en su mente, reemplazado por la imagen de Isabel, inasible e inalcanzable en su vestido de monja, tal como la última vez que la vio, cuando ella se presentó para decirle que había descubierto que era a Dios a quien amaba.
Medina sentía el viento en su cara y a la chica en su espalda. Recordó sus años en el instituto, sus amigos de adolescencia y por supuesto a Isabel. De pronto creyó encontrarse en Curicó, 60 años atrás, a bordo de su Vespa, con Isabel abrazándolo firme. El recuerdo se desvaneció tan rápido como surgió en su mente, reemplazado por la imagen de Isabel, inasible e inalcanzable en su vestido de monja, tal como la última vez que la vio, cuando ella se presentó para decirle que había descubierto que era a Dios a quien amaba.
