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junio 21, 2005

Whisky en el Kilifi Inn

Kilifi es un pueblo de pescadores a medio camino entre Mombasa y Malindi, en la costa del mar arábigo. En el pueblo mismo hay un único hotel, el Kilifi Inn; está literalmente en el medio del mercado. Llegué temprano y me registré con rapidez. Ya había estado allí antes, y la pieza que me fue asignada no me pareció tan buena como la que había ocupado la vez anterior. Ésta, al parecer, estaba desocupada, pues la puerta estaba entreabierta. Es así como se estila en el Kilifi Inn; no es un hotel de lujo, a sólo 150 Shillings por noche. Me asomé para cerciorarme de que efectivamente estaba desocupada, y así pedirle a Jamlick, el recepcionista, que me cambiara de habitación. Error. Debí haber consultado primero. El cuarto estaba ocupado, más precisamente por John Ndoro y su señora. Y ella estaba semidesnuda. John salió raudo a enfrentarme. "¿Qué está pasando aquí?", me preguntó señudamente. Al parecer estaba enojado, y no lo culpo. "Disculpe, me confundí de habitación, es que acabo de llegar", le contesté haciéndome el tonto. Pero él insistió con "¿qué es lo que necesita?", en tono más exclamativo que interrogativo. La cosa se estaba complicando, y en eso llegó Jamlick. "¿Sucede algo?", inquirió. Yo expliqué cómo me había confundido de cuarto, y el señor, aquí presente... bueno... pues se había molestado con justa razón, pero ya le pedí disculpas. "¿Quién se molestó?", me interrumpió John, aún enojado. ¿O no lo estaba? "Yo sólo quería saber qué necesitaba este señor, quería saber en qué podía ayudarlo", siguió John, mientras se nos integraba su esposa, ya vestida. De a poco comenzaba a entender que John Ndoro tenía la singular característica de hablar siempre con la misma severidad, con la misma expresión de fastidio. Lo confirmé con su siguiente sentencia: "¿no desea tomarse una bebida? ¿O una cerveza? ¡Por favor!"

Después de aclarado el entuerto, pasamos a mi habitación. John y su señora querían saber más de mi. Ella no hablaba inglés, por lo cual John traducía todo simultáneamente al swahili, con su inmutable rostro, el único que dios le dió. Ellos eran del interior y habían venido a Kilifi a ver al médico. John me explicó, ingenuamente, cómo su señora tenía un problema en la panza, mientras le descubría el abdomen para señalármelo. "Aquí está el problema", me decía. Yo pensé que era un problema digestivo, pero no. John y su señora querían tener descendencia, y estaban haciéndose los exámenes de rigor en la clínica para saber por qué ella no quedaba embarazada. Tal vez si John intentara sonreir en el momento del clímax de intimidad, pensé, pero preferí guardarme el comentario...

Antes de retirarse, les pregunté si podía sacarles una foto. "¿Una foto? ¿Cómo es eso?" Kenya está lejos de ser aquel estereotipo africano de lanzas y chozas; es un país altamente civilizado, en donde hasta el más humilde campesino puede llegar a ser bilingüe y vestir de pantalón de lino y camisa cuando va al médico. Pero el hecho es que John Ndoro, y sospecho que su señora también, nunca habían tenido el provilegio de que les sacaran una foto. Seguramente habían visto una cámara, pero no una a su disposición. Y menos una digital, de modo de poder ver inmediatamente cómo habían salido. Les pedí que posaran, sí, allí está bien, y ahora sonrían. Pero con John no hubo caso. Ni siquiera para la foto.



La señora de John no se dio por enterada hasta que pudo ver en la pantalla de la cámara su propia imagen; sólo allí sonrió. El entusiasmo de ambos era evidente. Les pedí su dirección para enviarles después una copia impresa. No salían de su asombro. La dirección completa era "42 Witu, Kenya". Yo había pasado por Witu, en camino desde Lamu. Eran cuatro o cinco casas alrededor del camino. John vivía a varios kilómetros de Witu mismo, pero en la calle que salía del pueblo hacia el interior, en el número 42, claro está. Les volví a explicar qué sería lo que les enviaría: una foto, de tal y cual tamaño. John traducía y traducía, y hacía señas como si se refiriese a un cuadro enmarcado en la pared. Su señora seguía embobada mirando el visor de la cámara.

Por la tarde, después de dar un paseo, comer tiburón y comprar frutas, volví a mi cuarto para leer y descansar, pues al otro día seguiría mi camino rumbo a Mombasa. Tampoco había mucho que hacer en Kilifi. De pronto llamaron a la puerta. Eran John y señora; querían saber si podían volver a ver la foto. Por supuesto que sí, adelante. Gracias, muchas gracias, me repetía John.

Revisando fotos me encontré con la de John, en el precario Kilifi Inn, aquella mañana de febrero del 2004. Ha pasado más de un año y había olvidado enviarles la foto. Mi intención inicial había sido la de hacerlo desde una ciudad en Kenya, pero lo había pospuesto por una u otra razón. Con el paso del tiempo se me había olvidado, pero hoy he saldado la deuda. He impreso la foto y ya está en un sobre destino a Africa; espero que el servicio de correo sea capaz de procesar este requerimiento. Mientras tanto, la imagen de John Ndoro y su señora figura en un blog; quién lo hubiera dicho. Ellos seguramente jamás se enterarán, pero si todo salió bien aquellos días para los Ndoro, no es alocado pensar que en el futuro sí lo haga un joven, quién se sorprenderá al ver publicada en internet una foto de sus padres, tomada justo un año antes de haber él nacido.

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