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junio 24, 2005

Eso ES una pipa, ¡caramba!

Si el cuadro de Magritte exhibiese una leyenda como Ceci n'est pas une mammouth las cosas serían mucho más sencillas de entender. Pero no. Durante años esta pintura me ha traído un tanto intranquilo, porque -pregunto yo- si eso no es una pipa, ¿entonces qué diablos es? Que no habíamos quedado en que "el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo"? Dicho de otro modo: si Borges no dijo que "en las letras de pipa está la pipa" fue exclusivamente porque era él un gran vate, dotado de una exquisita sensibilidad poética, y esta última frase habría arruinado el espléndido verso con una rima un tanto abstrusa.

Alguna vez me explicaron que lo que el pintor quiso expresar guardaba relación con la imagen y la semántica. O sea que uno ya no puede ir a ver una exposición de arte sin haber leído el último ensayo de Umberto Eco, que por lo demás es bastante difícil de conseguir, porque la casa editorial de la Universidad de Bolognia no sólo saca un número limitadísimo de copias, sino que no se molesta en distribuirlas equitativamente en los cinco continentes, que ahora ya no son más cinco, sino seis, si tomamos en cuenta la inhóspita, pero sólida masa de tierra llamada Antártida. Siguiendo con el tema principal, ¿qué oscura intención motivará a ciertos artistas a establecer una barrera intelectual entre su obra y el público? ¿Por qué no pudo Magritte, por ejemplo, seguir el camino de Müller, un contemporáneo suyo de similar estilo, pero que puso su talento al alcance de todo el mundo, sin distingo de su nivel educacional, a través de propuestas claras y definidas? Precisamente de este autor tengo el honor de poseer, como parte de mi pinacoteca privada - y hasta hoy secreta-, un óleo que servirá para clarificar mi planteamiento. El cuadro se titula Mujer valetudinaria cruzando un campo naif a bordo de la bandeja de los sirvientes de Brueghel.



Podemos apreciar en este caso cómo ni el nombre de la obra ni menos una leyenda improvisada sobre el lienzo pueden confundir a quien la quiera admirar. Es más: es posible distinguir, sin atisbo de dudas y tal como lo indica su título, a una mujer que ya superó con largueza su etapa de juventud (constituyéndose así en una anciana y por ello, presumiblemente, en una persona valetudinaria), que es llevada, a través de una explanada (que ha sido plasmada con una indisimulada influencia del estilo naif), por dos hombres hadrubados que corresponden, justamente, a los sirvientes que es posible encontrar en el cuadro denominado Boda de campesinos de Pieter Brueghel el viejo (pues también había un Pieter Brueghel el joven, aunque supongo que el primero, a quien denominaré simplemente el viejo -sin afán de ofender, sino sólo para simplificar- alguna vez también fue joven). Con esto queda demostrada la honestidad artística de Müller el viejo (pues hay también un Müller el joven, aunque no hay mayor necesidad de diferenciarlos, pues este último sólo pinta mamarrachos). Y si bien es cierto que una actitud como la de Magritte puede elevar el precio de sus cuadros en una primera subasta pública (ya que nunca faltan los coleccionistas que están dispuestos a desembolsar grandes sumas por trabajos que no comprenden), tarde o temprano es desenmascarado el verdadero valor de cada obra. Para muestra, basta con constatar la larga fila que existe en el museo Mauritshuis para ver La joven de la perla, y lo reducida que es la de El toro, en el mismo museo, pero dos salones más en dirección al oeste.

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