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julio 30, 2005

1999

Corría octubre del año 1999. Todo el mundo -naturalmente, una expresión exagerada- estaba tremendamente preocupado por el problema informático del cambio de milenio. Hasta mi tía Nena tenía una precisa idea de las catástrofes que se presagiaban. Algunos oportunistas se habían dedicado a tiempo completo a estudiar el caso y a trabajar en él, con suculento lucro, por lo demás. Yo, por mi parte, estaba más preocupado de decidir dónde pasar la fiesta del año nuevo. Después de todo, ¡era el fin del milenio!

Paralelamente, en el ámbito político chileno se desarrollaba una enconada lucha presidencial entre Ricardo Lagos y Joaquín Lavín, representantes de los dos grupos más significativos del ámbito político chileno: la centro-centro-izquierda y la centro-centro-derecha. La campaña había estado marcada por el enorme despliegue de recursos publicitarios del señor Lavín y el sorpresivo aumento (para quienes creían que la opinión política del ciudadano chileno era incorruptible), según las encuestas, de sus adherentes. Todo el mundo -si se me permite emplear nuevamente un término tan impreciso- estaba enormemente interesado en saber cuál sería el desenlace de esta batalla política. Era un hecho público que mi tía Nena votaría por Lavín, aunque probablemente anularía el voto sin enterarse. Yo, por mi parte, votaría en blanco o por un candidato alternativo. No lo tenía muy claro.

Y así como en un circo de tres escenarios, con tres actos simultáneos, había un tercer acontecimiento (el más circense de todos) que copaba los titulares de los diarios: el caso de don Augusto Pinochet, preso en Londres. Si bien sólo un grupo reducido de gente se tomaba la molestia de expresar su opinión respecto a este tema en forma activa (en manifestaciones públicas, viajando personalmente a Londres, o ¡comprando los productos que auspiciaban la estadía de don Pino en Europa!), esta vez -literalmente- todo el mundo estaba alerta a los vaivenes del caso, mi tía Nena más que nadie. Aunque yo no tanto. Tenía otras cosas más importantes en las que pensar.

Ese octubre, el de 1999, sin comentarlo con nadie, decidí que era hora de plasmar un sueño: salir a viajar por el mundo. Trabajando en una prestigiosa empresa sólo estaba consiguiendo acumular mi pequeña cuota de dinero y poder, lo que me parecía cada vez más aburrido. Por eso aquel fin de semana, cuando recordé mi sueño y decidí que no había nada que me impidiera realizarlo, fui feliz. No tenía ningún plan concreto de qué es lo que haría, pero sí sabía mi próximo paso: renunciar a mi empleo. Así hice, pero se me pidió que permaneciera por un mes más. Con el paso de los días comencé a sentir un temor absurdo, el de haber tirado por la borda mi independencia económica. Se me pasó por la cabeza que mi decisión había sido un poco apresurada. Por eso, apenas estuve libre de compromisos, simplemente actué. En un mismo día: compré el siguiente pasaje rumbo a Río de Janeiro; transformé todos mis ahorros en dólares; compré una mochila suficientemente grande; y finalmente, esa misma noche, reservé vía internet una cama en un albergue carioca para el día de mi llegada. No hay otra forma de hacer las cosas que hacerlas, y en este caso me tomó sólo un par de horas. Hoy, a más de 5 años de aquello (y nuevamente en la ruta) recuerdo esos días con nostalgia. Ningún hecho en el viaje me produjo una sensación similar a la que tuve al tomar la decisión de partir; era la sensación de estar en control de mi propia vida.


Colofón:
¿Qué pasó con el Y2K, las elecciones y la extradición de Pinochet?

El Y2K, que es la sigla en inglés con la que se hacía referencia al advenimiento del siglo 21 para efectos informáticos, terminó por desenmascararse y mostrarse tal cual era: una paranoia desmedida por un pequeño problemita técnico. Ningún avión se cayó, ningún sistema vital colapsó y hasta ahora nadie se ha quejado de haber perdido los ahorros de toda una vida. Los expertos involucrados atribuyeron tan normal comportamiento del mundo a sus efectivas medidas precautorias. Y es entendible, ya que a nadie le gusta pensar que su trabajo de años ha sido completamente innecesario.

Las elecciones en Chile ratificaron lo que anunciaban las encuestas. Lavín consiguió equiparar las preferencias con su slogan "Viva el Cambio" (paradójicamente, su programa de gobierno se oponía a cambiar la constitución, el estatus del divorcio, el sistema de salud o cualquier otro aspecto relevante en la sociedad). Así obligó a ir a una segunda vuelta, la que, lamentablemente para sus pretensiones, sólo ratificó el honroso segundo lugar de la primera oportunidad.

Y Pinochet, finalmente, tras 16 meses de reclusión forzada en Londres, fue devuelto a Chile por razones humanitarias, dado el delicado estado de salud que lo tenía postrado en una silla de ruedas. Para tristeza de sus seguidores, en su reencuentro con la patria también le sobrevino pérdida parcial de la memoria: olvidó su discapacidad y bajó del avión caminando por cuenta propia. Con los brazos en alto.

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