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julio 22, 2005

¡Santos señores santos, Batman!

El próximo 23 de octubre beatifican a Alberto Hurtado, sacerdote jesuita chileno y fundador del Hogar de Cristo, que no es la futura morada del gran J. C. para cuando decida volver a la tierra, sino una institución de beneficencia para acoger a niños marginales. Hurtado demostró altruismo y generosidad a lo largo de su vida. Al menos eso indica su página web. Pero bien es sabido que eso no es suficiente para ser canonizado. Primero deben serle adjudicados al eventual santo un par de milagros y, posteriormente, la Congregación para la Causa de los Santos (ente compuesto por cardenales y obispos sumamente quisquillosos) debe aprobar médica y teológicamente dichos milagros. Hurtado, resta decirlo, sobrepasó el trámite sin mayores inconvenientes.

A pesar de un proceso tan transparente, hay quienes se han atrevido a criticarlo, como es el caso de un tal Joseph Ratzinger en 1989, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Nadie es prefecto. O: nadie es prefecto en su tierra.

Sin interés de causar polémica, remito un par de datos estadísticos que me parecen de interés. En 1980 años de cristianismo sólo se proclamaron 296 santos oficiales y 808 beatos. A lo largo de su pontificado, Juan Pablo II nombró, él solito, 483 nuevos santos y 1339 beatos. Una de dos: o en esos 25 años en que JPII lideró a los católicos, la raza humana mejoró y se hizo más noble, o sencillamente se redujeron los requisitos para entrar a las grandes ligas de la santidad. Lo concreto es que como el título de santo se da a señores ya muertos, y como los muertos no incurren en faltas graves, nunca se ha dado el caso de un santo al que le hayan tenido que quitar el honor de serlo. Por ende, para cuantificar todo esto con una molesta cifra, se puede concluir que la tasa de crecimiento anual de santos (TCAS) ha aumentado en casi 13 mil porciento (de 0,15 santos por año saltó a 19,32). No deja de ser curioso que cuando el número de católicos en el mundo no crece, y los que profesan tal religión lo son de forma cada vez menos comprometida (recuerden que deberían ir los domingos a misa, conservar la castidad hasta el matrimonio, y jamás utilizar algún método de control de natalidad), justo ahora la santidad al estilo católico se pone de moda. A este paso, pronto llegará el día en que existan más santos que fieles. ¡Santo día!

Que todo esto no sea más que marketing por parte de la iglesia es discutible. Lo que parece no estar bajo discusión es que sí se ha flexibilizado el proceso para ser canonizado. El último favorecido con esto es el mismísimo JPII, quien será propuesto para la beatificación sin esperar los cinco años después de la muerte que establece la legislación canónica, según anunció el recién ungido Benedicto XVI, que no es otro que Joseph Ratzinger, el señor del segundo párrafo, pero con nuevo nickname. Si se siguen quitando regulaciones, tal vez el propio Benedicto logre la tan ansiada santidad en vida. Pasaría a ser, simultáneamente, el primer santo con blog.

Los defensores de la iglesia señalan que no se ha relajado el principal requisito de santidad: la constatación de un milagro. Lo extraño es que el beneficiario siempre parece ser el mismo, comúnmente un mexicano de extracción baja al que se le esfuma un cáncer sin dejar rastro, el mismo día en que se había encomendado -como último recurso- al candidato a beato. La Congregación para la Causa de los Santos es la que vela para cerciorarse de que aquel cáncer inicial no haya sido simplemente un diagnóstico errado. Casi siempre se trata de cáncer, enfermedad para la que no existe cura. Es sintomático, en esta misma línea, que no haya hasta la fecha ningún santo al cual se le haya adjudicado la sanación de un caso de VIH positivo. Una posibilidad de revancha para la ciencia, si es que da con el remedio para el Sida, pues en relación a los santos va perdiendo por goleada: siempre descubren éstos la cura antes.

El rumbo que está tomando la iglesia me parece espléndido. Se está modernizando y poniendo a tono con el santo de moda, San Expedito, que todo lo agiliza y lo hace más fácil. El mensaje parece ser "ahora tú también puedes ser santo". Y a este ritmo, el futuro se ve más prometedor aún. Seguramente un día de estos no se necesitará tanta burocracia, sino que bastará con presentar una solicitud on-line en el sitio web del Vaticano. Ya no será imprescindible un milagro relativo a enfermedades terminales, sino que será suficiente algo así como aliviar un esguince de tobillo o erradicar un acné adolescente. Y finalmente, no será impedimento para ser santo el no asistir a misa; a cambio habrá que -esto sí que sin falta- leer la prédica del papa en su blog, además de tener un link al mismo. Yo, por si acaso, lo puse dos veces.

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