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septiembre 27, 2005

Gente pequeña con paraguas

Cae una levísima lluvia y entre la multitud sobresale un tipo que despliega un tremendo paraguas. Debido a las exiguas dimensiones del individuo, las filosas varillas emergentes de su refugio portátil atentan contra la integridad ocular de los transeúntes que casualmente se le interponen. Estoy a las puertas de ser la próxima víctima y -en un breve pero eterno lapso de lucidez- me pregunto hasta qué punto es condenable su actitud negligente.

¿Podemos criticar al obeso que nos relega al último tercio de nuestro asiento en el autobús? ¿O a la señora que demora la fila en la caja del supermercado debido a que su tarjeta de crédito ha expirado? ¿O al espectador de cine que no para de contestar las llamadas de su teléfono celular? Bueno... tal vez a este último sí habría que lincharlo vivo, pero los otros son todos excusables. Entonces, me contesto, hay que armarse de paciencia y esquivar, con la singular gracilidad que dios nos dotó, a gente pequeña con paraguas, a gordos cansados y a señoras endeudadas. Claro que, ahora que lo noto, ha dejado de llover por completo, con lo cual no puedo evitar que cruce por mi mente el pensamiento "enano tal por cual", justo cuando el enano tal por cual se me cruza, esta vez no por mi mente, sino a milímetros de mis ojos.

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