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octubre 20, 2005

El efecto dominó

Llegué a la oficina de correos temprano por la mañana. Delante mío había un sólo cliente. El individuo quería 700 estampillas, ni más ni menos. ¿Quién necesita 700 estampillas? ¡Ni Roberto Carlos para navidad! Pero aquí estaba yo, detrás de Epistolario Zapata, "un tipo como usted o como yo, pero que aún no se entera de la existencia del e-mail".

Mientras perdía valiosos minutos esperando a ser atendido, reflexioné acerca de cómo, si hubiese llegado un par de segundos antes, me hubiese ahorrado este inconveniente. Proyecté, al mismo tiempo, cómo esta demora se traduciría en llegar tarde a otro evento, como por ejemplo al perder el bus para volver a casa y tener que esperar al siguiente. Me percaté, así, que desde mi más tierna infancia he venido llegando en el momento inapropiado adónde sea, y he tenido que poner forzosamente en práctica la paciencia, que es una de las tantas virtudes cardinales que no poseo. Es más, recordé cómo mi madre me contó que el día de mi nacimiento había sido proyectado para un día, pero que finalmente el parto se dilató hasta la madrugada, con lo cual nací al día siguiente. Supongo que algo me retuvo en el camino, y ese algo, como en las piezas de dominó puestas en hilera, ha venido repercutiendo en cada uno de los eventos siguientes que el destino ha puesto en mi camino, eventos que -impajaritablemente- han estado antecedidos por tener que hacer una fila. Una fila como ésta, de tan sólo dos personas -Epistolario y yo- en la oficina de correos, un miércoles cualquiera a las 10 de la mañana.

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