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octubre 24, 2005

Las fronteras de la ciencia

Antropólogos europeos, todos ellos profesionales muy bien remunerados y exponentes científicos de primera línea, han dado con el cráneo de un nuevo homínido, que se suma así a la familia de los homo erectus, homo habilis y homo sapiens, pero que no guarda ninguna relación con el homo sexual, que no es más que un homo sapiens sapiens que le gusta coleccionar zapatos. Pero volvamos al descubrimiento aquél. El cráneo sería tan revelador, que pondría en duda nuestra descendencia directa -como especie- del homo sapiens. Este nuevo homínido habría sido contemporáneo de nuestro conocido tatarabuelo, pero habría sido más parecido a nosotros. Mientras leía esta reseña en una prestigiosa publicación científica, pensaba para mis adentros: ¡cuernoempanza, hasta cuándo de boludeces!

Mi planteamiento es simple. ¿Cómo es posible que se despilfarre dinero de este modo, para que señores con espíritu de boy scout sigan jugando con tierra hasta bien avanzada edad, realicen viajes hasta donde su espíritu aventurero los llame, y no hagan en su vida nada productivo? ¿Ah? ¿A cambio de unas absurdas conclusiones? Sí, porque la teoría que fue dada por cierta por decenas de años se desbarata de la noche a la mañana. Y, peor aún: ¿qué pasaría si en diez mil años encuentran las osamentas de Saquille O'Neal y las de Danny de Vitto? ¿De quién se diría que descendemos? ¿Del homo floridus o del homo californius? ¿Ah?

Todas son especulaciones, y como tales quedarán. Porque la máquina del tiempo, queridos amiguitos, no se va a inventar jamás, lo que demostré ya con la famosa paradoja Kundabuffer, que versa más o menos así: si alguien inventa la máquina del tiempo, ya habría venido al pasado a contárnoslo, motivado por ese intrínseco deseo humano de hacerse famoso, con lo cual ese señor dejaría de ser el inventor de la máquina del tiempo, pues el aparato ya existiría antes de que fuese inventado por el mismo en el futuro. Dicho de otro modo, si la susodicha máquina ha de ser inventada en el futuro, tendríamos que tener noción de ella en el pasado. Por lo demás, habría que reescribir la enciclopedia, y eso sería una monumental pérdida de energía que la humanidad no se puede permitir.

La mayor parte de la ciencia es puramente especulativa. Las teorías se desechan contínuamente, reemplazadas por otras, cada vez más precisas, pero jamás de manera definitiva. Porque la realidad jamás será la explicación en sí. En este punto estoy de acuerdo con la Iglesia: no se debe enseñar la teoría de la evolución sino como una teoría más, tan precaria como la de la creación. ¿Quién sabe si la verdad está en un punto medio y "evolucionamos" como raza a partir de una "ayuda creativa" de seres celestiales (que bien pudieron ser extraterrestres)? Nadie sabrá jamás la respuesta, a menos que dios, los aliens o Darwin en persona vengan del más allá para darnos su testimonio. Y aunque así sucediese, difícilmente les creeríamos. Finalmente, si descendemos o no del homo sapiens o de uno de sus primos (con Herr Neanderthal a la cabeza de ellos) no tiene mayor relevancia. Más importante es que hay bastantes de ellos entre nosotros, vivos, en pleno siglo veintiloquesea, manejando autobuses, escribiendo blogs y hasta discutiendo leyes en el Congreso.

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